La reciente queja de China, rechazando airadamente las acusaciones de espionaje en República Dominicana, deja una lectura irrefutable: el gobierno dominicano está tomando bando. Mientras Pekín protesta, vemos al canciller Ito Bisonó afianzando la agenda bilateral en reuniones clave con el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, y la embajadora de Washington.
Hablemos claro: Luis Abinader debe alinearse definitivamente con los Estados Unidos. Si el presidente persigue el objetivo estratégico de pertenecer al "Escudo de las Américas" (Shield of America), no puede haber espacio para el doblez ni para coqueteos diplomáticos con el gigante asiático.
Este giro responde a una urgencia pragmática insoslayable. Abinader necesita anotarse, de manera perentoria, un logro tangible tanto con los americanos como con los pesos pesados del sector empresarial e industrial en RD. Al demostrar lealtad a la agenda de Washington, el gobierno adquiere la palanca de negociación necesaria que podría reducir las asfixiantes tarifas de los aranceles aplicados por la administración Trump, un respiro que el empresariado exige a gritos.
A nivel político interno, la jugada está fríamente calculada. Con esta postura intransigente frente a la influencia extranjera rival, el mandatario se alinea decididamente más a la derecha, con lo cual capta de lleno la atención y el respaldo del nacionalismo dominicano, un sector indispensable en medio del actual panorama de crisis.
En el fondo, esto es una maniobra de supervivencia política. Sabiendo que no se presentará a las próximas elecciones, Abinader concentrará cada vez más poder en torno a su figura. Ante el desgaste y la pérdida de popularidad natural de un final de mandato, erigirse como el aliado caribeño imprescindible de Estados Unidos evita que sus adeptos y funcionarios lo abandonen de forma prematura. O ejerce el poder geopolítico, o se desinfla antes de tiempo.





